sábado, 9 de febrero de 2019

Canto de mis sentidos; poemas

                    Cuerpo y alma


El cuerpo es hermoso
es hermoso como cambia de forma,
como se gasta y se deteriora,
como se enferma y sana.
Es hermoso cuando se desarrolla y fluye
de hormonas al encontrar
el placer sexual,
ahí cuando da y recibe amor,
transpirando con sudor
de sal marina,
con el olor a bosque humedecido,
emanando su aliento
de gemido y orgasmo.
Es hermoso verlo alcanzar
la plenitud,
mostrándose como un crisol
de emociones,
como una caja de carne y hueso
albergandonos
capaz de sentir calor,
necesitando el calor de otro cuerpo
junto a él.


El alma es hermosa.
Cambia de forma mil veces,
al enredarnos en pasiones
que nos deleitan la vida.
Hermosa por que no duerme,
por que seduce y endulza los
amaneceres jugando con nuestros
deseos nutridos en sueños en la madrugada.
Nos deja ver la timidez de nuestra mente,
y nos habla cuando caminamos despiertos,
mostrándose a veces como una ventana
con su vista puesta en el horizonte.




                         La lluvia y la soledad


Algunas veces,
la lluvia es fría, tan fría
que si no te alejas de su fragua
puede enfermarte.
Pero también a veces es cálida,
nos da calor, nos inspira,
nos hace felices.
Otras veces nos quita la sed
que llevamos con nosotros,
nos lleva a experimentar
sentimientos como la nostalgia.
A veces pienso, que las lluvias
son como las personas.

Algunas veces,
la soledad es vacía,
y ese vacío nos llena de inseguridad.
A veces la soledad nos enseña que clase
de persona somos,
incluso puede enseñarnos a vivir.
Otras veces nos aisla de los demás,
a tal punto que nos perdemos
en ella, y la necesidad que nos consume
nos hace adictos a ella,
aun cuando no es mas que un
cuchillo con el que nos flagelamos.
A veces pienso, que la soledad
es como esa persona con la que
creemos vivir, pero solo es un
espejismo que nos atrae y nos consume.




                        Niña


Niña,
brotaste hoy de las paredes
de mármol?
Mármol silencioso que gritaba
a través de su pose inmóvil,
desde sus vigas, esas venas inertes
donde quiere sentirse árbol,
y dar sombra verde.
No el fruto muerto, estéril,
adornando la ciudad que no siente.

Niña,
jugabas con tus lápices
en ese verde sendero perdido?
Sendero que cambió hasta su color
Y recorrido.
Aunque el viento sigue llevando
su cincel entre estas rocas,
y el sendero sigue firme
en su granito desprendido.


Pequeño ser,
mirabas distraída
el manto de cemento
por el que seguís caminando.
Mirando con deseo, mirando esos ojos,
escribiendo en tu cuaderno, bajo el farol,
que sigue iluminando.
Resplandeciente sigue tu carita,
cuando tu mirada se fija sobre las casas,
desde tu sendero perdido e inocente,
aun escapando por las noches
de la doctrina del patriota.

Niña,
no dejes que sus soles adornen tu mirada.
Que tu canto no se extinga por su jolgorio
sin libertad.
Que no te roben las ganas de vivir.
Que las rosas tienen colores distintos
para sembrar tu primavera,
aun cuando se calle el viento,
Y la luna este invisible.

dibujo por Debora Leuquén

miércoles, 6 de febrero de 2019

La partida de Esteban [Relato]

La partida de Esteban

Cuando Esteban comenzó a cuestionarse si había elegido el camino correcto, ya estaba padeciendo de algunos síntomas. Ahora por eso, estaba claro que dudaba sobre si el camino que llevaba era el correcto. Se veía flaco, casi como si estuviera enfermo. Su apariencia había cambiado rotundamente en el transcurso de un año. Si lo hubieran visto hace una decena de meses, y lo encontraran hoy, no lo reconocerían seguramente. Quienes lo frecuentaban comenzaron a alejarse de él. No solo su apariencia les daba una mala impresión a sus conocidos, sino la obsesión enfermiza que este personaje demostraba por los libros. No dejaba de hablar de ello. Parecía una especie de bicho raro, salido de alguna historia o cuento antiguo. A quien podía importarle tanto la literatura hoy? Y más aún, trabajando en la gastronomía. Que podía hacer un pobre empleado de la cocina con libros? Aunque claramente pareciera ser, que era lo único que le importaba a Esteban.
Claro que esto no era una moda, o una crisis de mediana edad. Siempre había cultivado su vida con la literatura. Desde su juventud leía esas historias le permitían vivir por momentos en otra dimensión. Piezas clásicas como Cien años de soledad, lo habían dejado sin aliento. Esa y otras epopeyas narradas por distintos genios, habían sido como el agua en la vida de Esteban. Hoy se habían convertido en el pan para él, y el pan literal, desaparecía de su vida poco a poco.
Había enloquecido claramente para algunos. Los que no lo notaban, eran personas indiferentes, y/o antipáticas. Su hermana, Alicia, se había empecinado en entender el por que de las elecciones de su hermano mayor. Le decía;>> te vas a morir de hambre. No lo entendes? Y si no te mata el hambre va a ser el frio, tu casa no está calefaccionada como es debido, ni tenes un abrigo apropiado para el invierno<<. Pero no había caso. Prefería agonizar a tener que abandonar sus lecturas. Esa era su vida: los libros, el trabajo, y lo demás (vida social, familia, necesidades básicas, etc.), en ese orden, sin excepciones.
Como llego hasta ese punto de su vida (que hoy parecía no tener retorno)? Su vida no había sido las más ejemplar, ni se podía decir que tenía un futuro asegurado. Pero vivía bien. Alquilaba una linda casita, una cabaña. Muy acogedora y cómoda. Una mansión comparada con el mono ambiente en el que vive hoy. Mono ambiente casi vacío, pero lleno de libros.
Obviamente nadie podía ver a través de sus ojos, en el paso de esos meses, los distintos factores que lo afectaban directamente a él. También a todo el resto del país. Pero claro, él no había tomado el camino más lógico frente a esta situación. Priorizo darse el gusto de leer ante todo lo demás. Aunque si intento buscar alternativas, las exploro de hecho. Trueques, ventas, bibliotecas, casas de libros usados, pero la crisis económica que afectaba al grupo social más grande de la nación, el proletariado, también caía sobre sus hombros. Al principio no se vio tan afectado. Solo quito de su vida algunos lujos, como comer fuera de casa, salidas al cine y demás. Esto para sostener su salario ante la inflación. Pero en un par de meses todo empeoró drásticamente. Su salario apenas valía un poco más de la mitad de su valor original. La inflación, la constante inflación le estaba complicando todo. Más que complicando todo, una palabra más acertada sería asfixiando.
Para el cuarto mes, su salario valía menos de la mitad. Ya no solo dejaba de lado lujos, ahora también artículos de higiene, incluso comestibles. Para ducharse utilizaba jabón blanco, básicamente también para toda su higiene y el lavado de su ropa. La dieta que estrictamente llevaba incluía; pan, mate cocido, mate, té, alguna mermelada de vez en cuando, fideos, arroz, huevos.
Más allá de las restricciones vitalicias, se le veía un resplandor de plenitud en la mirada. Aun cuando volvía a su hogar, destrozado después de diez horas en la cocina del hotel Primavera, donde trabajaba desde hace unos meses. Durante el trabajo, sin importar el hambre que a veces arrastraba consigo, no producían ningún efecto en él los diferentes platos que preparaba día tras día, tomando en cuenta la sofisticada oferta gastronómica que ofrecía el hotel.
Habían sido meses difíciles para Esteban. En un principio pensó que solo sería un periodo de transición, que pronto volvería a tener ingresos que le permitieran llevar la vida que había construido para sí. Por el contrario hoy se veía tratando de sobrevivir a esta prueba impuesta por un plan económico a nivel mundial, que no incluía a personas como él entre sus prioridades. >>Fíjense en la capital, frente a la rosada, en las calles cada vez más ruidosas, en los murales pintados protestando  que resaltan cada vez más cuando viajamos en el transporte público. Todo esto no es una casualidad. El G20 reunido en un lujoso hotel de nuestro país y los comedores y merenderos barriales cada vez más llenos de niños, madres y abuelos, más represión de las fuerzas de seguridad. Y para qué? Para convertirnos nuevamente en esclavos, para obligarnos a agachar la cabeza y ni se nos crucé la idea de levantar la voz<<, decía agitadamente uno de sus compañeros de trabajo a todos en la cocina. Al escucharlo Esteban se quedó muy pensativo, encerrado en el mensaje que ostentaba el discurso empleado por su compañero, un señor mayor que ya estaba cerca de jubilarse. Un viejito canoso, y aparentemente cascarrabias. No fue tanto la estrepitosa voz que emanaba lo que había captado su atención, ni su mirada, si no el hecho de ver reflejada la situación que a él le tocaba vivir, o más bien padecer.
Más tarde al salir del trabajo, subió hasta su casa caminando, necesitaba pensar un poco en silencio. Se detuvo al llegar a un barrio de departamentos tipo Monoblocks. El barrio se ubicaba en una zona alta de la ciudad. Ahí, se encontraban unos escalones de cemento al lado de los edificios, los cuales había que subir para llegar a los departamentos que se encontraban en la parte más alta del barrio. Al llegar allí, se quedó apoyado sobre la barandilla que estaba junto a la calle. Esa barandilla resguardaba del borde en donde había un vacío, que tenía una caída de más o menos unos diez metros, hacia los pasillos que separan los edificios. Esteban se quedó allí, pensativo. Una depresión muy se apoderó de él. Pensaba; >>Qué sentido tiene entregarse a vivir en esos mundo ficticios, si la realidad termina superándote?<<. Ya no podía escapar a esas imágenes que se filtraban por sus ojos hacia su mente. La miseria invadía la ciudad, y ahora penetraba en la conciencia de Esteban. Se sentía impotente ante todo esto. No solo era la miseria de los demás, sino también la suya. Él era un esclavo más, y no podía creer que hasta que su colega en el trabajo lo expresó, él no lo había notado.
Los siguientes, fueron días largos de meditación para Esteban. Esto se trataba de buscar alguna solución para este conflicto interno, que hoy se había convertido en dolor. Fueron varias noches de volver a casa caminando, y desvelarse unas horas en este mismo barrio, parado junto a esa barandilla observando la ciudad.
Al fin encontró una solución para su conflicto. Se sentía como si hubiera encontrado su verdad. Podía sonreír al fin. Esa misma mañana se levantó temprano, tostó unas rebanadas de pan para untarlas con mermelada de mosqueta, mientras tomaba un mate cocido y leía los últimos capítulos de La borra de café, de Benedetti. Hoy ya no le importaba llegar tarde al trabajo. Recién terminado el libro, se dispuso a salir rumbo al hotel. Se fue caminando, quería sentir el sol en su frente, el aire fresco en sus pulmones, tener ante sus ojos la ciudad, contemplarla. La misma ciudad que estuvo ausente a su vista, por no tener tiempo para transitarla. Al llegar a la zona céntrica, observó uno de sus edificios más elegantes, el Banco Central. Afuera de él, se encontraban estacionados autos de marcas lujosas, esperando a sus cuantitativos dueños, exhibiéndose junto al cordón de la vereda. Y entre estos y la puerta giratoria del banco, un indigente pedía una colaboración a aquellos que entraban y salían del local. Obviamente solo recibía las sobras de algunos y la indiferencia de otros, todos clientes de la entidad bancaria. Esto solo ratificaba lo que Esteban pensaba de esta sociedad, y daba más impulso a la decisión que había tomado la noche anterior.
En el hotel saludo a todos. Prestaba atención a todas las conversaciones, y hasta reía de los comentarios que le causaban gracia. Mientras tanto el gerente llegó a la cocina para avisarles que un grupo de empresarios se alojaba en el hotel y que debían preparar una lista de platos especiales para este selecto grupo. Al parecer tendrían una reunión importante y luego cenarían en el salón principal. Mientras preparaban los platos para esa cena, a Esteban le vino un impulso, no sé cómo podría llamarse. De pronto, comenzó a escupir en la comida que preparaban para los empresarios, en la ensalada tradicional de vegetales, en la ensalada rusa, en el risotto de zapallo. Sus colegas lo miraban con exaltación, de repente, todos
comenzaron a imitarlo. Se podría decir que esta acción era el resultado de haber observado a esos burgueses en el banco. Era una venganza insignificante, seguro no iban a notar la saliva de los empleados de la cocina. Pero quien podía quitarle ese momento de gloria personal, en el cual podía sentir que realizaba un acto de justicia. El gerente observaba detrás de la puerta el bizarro accionar de los cocineros. Quedo boquiabierto, y no se animó a decir absolutamente nada.
Al finalizar el día, se despidió dándole la mano a todos, incluso al gerente. Todos sus compañeros de trabajo salían del hotel con el ánimo por las nubes. Llevando una sonrisa de oreja a oreja. Quizás en este acto de vandalismo gastronómico, habían desahogado parte sus penas. A Esteban solo le quedaba darle el cierre a este liberador día. Caminó hasta su casa. En el camino paso por una despensa a comprar yerba mate, mientras le  pagaba a la señora que atendía el local, observo los anuncios que había en un fichero junto a la puerta. En uno de ellos pedían donaciones de libros para la biblioteca del colegio secundario del barrio La calera, el barrio de los Monoblocks, donde había pasado algunas horas  en estas últimas noches. Al salir de la despensa, se apresuró a llegar a su hogar. Al entrar llenó la pava y la coloco en la hornalla de la cocina y empezó a escribir una nota. No le tomo más de unos cinco minutos, y luego la dejo sobre la mesa. Apagó la hornalla y cargo el agua en el termo. Tomo el paquete de yerba mate y el mate, y los puso en una bolsa junto con el termo. Y salió de su hogar.
Mientras caminaba con rumbo al barrio de los Monoblocks, preparo el mate y comenzó a tomarlo. Durante la caminata observaba las casas, las veredas, un jardín de infantes, los murales pintados, las frases escritas en los paredones, las garitas en las calles por donde día tras día transitaba el micró omnibus. Se detuvo un momento. Jamás se detuvo antes a pensar en la dureza del suelo por donde caminaba a diario. Las calles allí eran de ripio, con miles de pequeñas rocas diseminadas por toda la cuadra. Al llegar a los Monoblocks, subió las escaleras y contemplo toda la ciudad una vez más. La noche se sentía cálida, y el cielo estaba estrellado. Observo lo pequeño que se veía todo, las calles, los vehículos, las casas, los edificios, los parques. Luego se dispuso a mirar la caída que había al lado de la barandilla, se subió a ella, y sin pensar más nada, se arrojó al vacío.
Una adolescente que estaba fumando en el balcón de uno de los edificios que se ubicaba frente a la barandilla observo todo la escena. Grito del espanto que sintió al ver a Esteban saltar al vacío. Entro a su casa y dio aviso a sus papas, quienes inmediatamente llamaron a emergencias. Entre todo el barullo por la grotesca escena del suicida, muchos vecinos se arrimaron al cuerpo de Esteban con la intención de ayudarlo, pero ya era demasiado tarde.
Su hermana se encargó de tramitar todo para su velatorio, y posterior entierro. No lograba entender todavía lo que había sucedido. Porque su hermano había tomado una decisión tan egoísta. Si tenía alguna dificultad, sabía que podía recurrir a ella. Pero ya nada podía hacerse, no valía la pena ahora el esfuerzo de buscar un porque.
En el velatorio no había mucha gente. Tampoco se percibía un ambiente de luto. La mayoría de las personas conversaba, mientras otras acomodaban flores y otras cosas en el salón. La hermana de Esteban había salido a descansar. Se le ocurrió quedarse un rato en el hogar de su hermano. Al entrar, lo primero que vio fueron los libros en los estantes, también unas cajas de cartón, también llenas de libros, y una mesita junto a la ventana. Sobre una mesa grande había unas tazas, un frasco de café instantáneo, y una nota firmada por él. En ella le explicaba resumidamente el porqué de lo que había hecho. Le decía que no soportaba la miseria que veía a su alrededor, en la que además, tenía que vivir. Que sentía la soledad que existía junto a él, más allá de que él no la había notado, o quizás no quería prestarle su atención, porque en definitiva nunca se había sentido solo. La rutina lo había deprimido, el tener que repetirla día tras día. Le deseaba lo mejor a ella. Y lamentaba no tener algo valioso, o significativo que dejarle, algo que ella pudiera apreciar. Por último, le pidió que lleve sus libros al colegio secundario del barrio La Calera.
Después de esta visita, que resulto ser sumamente reveladora para la hermana de Esteban, ella volvió al velatorio. Al llegar noto un grupo de personas muy acongojadas junto al féretro cerrado. Eran los colegas de trabajo de Esteban. Se presentaron ante ella para ofrecerle sus condolencias. Le contaron lo poco que lo conocían, lo callado que había sido él. Y también por supuesto, su último día de trabajo, el bizarro episodio con los platos para los comensales burgueses mientras soltaban pequeñas risas al recordar esa escena. Ese último acto lo había colocado en una posición de respeto frente a sus compañeros de trabajo. Al terminar la charla, se acercó uno de ellos y se ubicó junto a ella. Ambos al lado del féretro. Y él le dijo; >>Que extrañas que son las decisiones que toman algunos. Parecía ser una persona conforme con lo que le había tocado vivir. Jamás me hubiera imaginado que iba a hacer algo como esto, o como lo que hizo ayer en el trabajo con los platos<<. Ella observo el féretro un momento, y le respondió; >>Aparentemente se cansó de vivir así. Y ya no pudo más. Tal vez comenzó a padecer de algún tipo de depresión, o no se<<. Él la miro un momento, y le contesto; >>Yo creo que se cansó de ser un esclavo. Y se cansó de ver esclavos alrededor suyo. Personas encadenadas, resistiendo la vida, más que viviéndola. En un principio solo son cadenas sobre tu cuerpo, pero en algún momento terminan por encerrar tu espíritu. Es ahí donde te dejan sin aliento, sin ganas de gritar, o hasta de llorar por tu miseria. Si tu espíritu se marchita a veces ya no hay nada que pueda remediarlo<<. Hubo un silencio entre ambos por un momento, y luego él se despidió de ella y se retiró del lugar. Ese viejito era el mismo cascarrabias que unos días atrás había ofrecido el discurso que puso a Esteban a pensar que quería para su vida. La hermana de Esteban se quedó pensando en lo que le había dicho aquella persona. Quizás tendría razón, ella misma había transitado por esos mismos sentimientos y dudas sobre lo que realmente era vivir, y lo que ella vivía. Esteban nunca fue una persona expresiva. La necesidad de expresarse se había convertido en un cáncer en su vida, al no encontrar la manera de hacerlo. No encontró otra forma de decirle al mundo que deseaba terminar con su encierro. Pero solo podía especular. No había forma de saberlo. Aunque un consuelo era saber que su hermano término con su existencia porque él había querido que así fuera. Y sería el único consuelo que encontraría para dejar salir ese dolor que había dejado la partida de su hermano Esteban.

Pablo Leuquén